EL MISTERIO DEL MARTINETE DEL JARDÍN BOTÁNICO

MANUEL ARRETXEA PARA NATURALEZA VECINA.

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FOTO: MANUEL ARRETXEA

Era un día cualquiera de principios de mayo, una mañana lluviosa que prometía transcurrir de manera tan rutinaria como tantas otras: informes, proyectos, presupuestos… Un sinfín de papeleo y trabajo administrativo.

La cosa cambió radicalmente de ritmo cuando el cartero entregó en nuestra agencia de investigación un sobre, remitido por nuestra agente especial infiltrada en el Real Jardín Botánico de Madrid. Al abrirlo, una decena de fotografías cambió aquella rutina gris: ahí estaba la prueba que por fin ponía cuerpo a una leyenda varias veces oída por nosotros, y a la que hasta la fecha nos había costado dar veracidad: ¿Martinetes en el centro de la gran ciudad?…

No era de extrañar nuestro escepticismo. ¿Qué diablos hacía este ave, de la familia de las ardeidas y habitual de muchos ríos y humedales de la Península, en uno de nuestros jardines más emblemáticos y céntricos?.

Desde hacía tiempo veníamos haciendo un estrecho seguimiento a este ave de tamaño mediano, cuyo pico robusto, corto cuello y aspecto rechoncho la hacen fácilmente identificable. Los individuos adultos lucen un vistoso plumaje que vira de tonalidades blancas puras a grisáceas en el cuello y el pecho, y grises oscuros en el capirote, el dorso y el extremo de las alas. Sobre todo ello destaca el largo penacho de dos o tres plumas que le crecen tras la nuca y sus ojos, cuyo iris es de un llamativo color rojo, probablemente como adaptación a la vida nocturna.

Salvo en época de cría procura pasar inadvertida durante el día en sus dormideros, pues es de hábitos eminentemente crepusculares y nocturnos. Es en esos momentos, al anochecer o al inicio del día, cuando es más fácil verla en sus zonas de alimentación. Suele mantenerse totalmente inmóvil hasta que, con un rápido movimiento, se zambulle con gran habilidad para pescar sus presas, habitualmente peces, anfibios o insectos.

Numerosas especies de nuestras ciudades lo van teniendo cada vez más difícil para mantener sus poblaciones debido a la falta de lugares para nidificar, la contaminación, la escasez de zonas verdes, las especies invasoras o a la ausencia de alimento por la cantidad de herbicidas usados en arboledas y jardines. Sin embargo, vemos nuevamente que la naturaleza busca huecos entre el asfalto por donde abrirse camino. Ahora bien: ¿por qué?.

Nuestra hipótesis, en el caso que nos ocupa, era la siguiente: posiblemente estábamos ante individuos que se adentran en la ciudad en busca del alimento que les pueden brindar los estanques de nuestros jardines: carpines dorados, carpas pequeñas, alguna rana… También teníamos noticias en nuestra sede de otras aves emparentadas con el martinete, como la garza real del parque del Retiro, que probablemente habrán seguido las mismas rutas para llegar al centro. Si se mira en un mapa, se puede ver que estos parques no están tan lejos de, por ejemplo, la Casa de Campo o las praderas de Madrid Río en el Manzanares: apenas dos kilómetros si se sube por el paseo de Santa María de la Cabeza. ¿Qué es eso para un ave mediana: un minuto, dos?…

Sea como fuere, la constatación de la presencia de estas aves y de predadoras como el cernícalo o el halcón peregrino en las calles madrileñas, a pesar de ser un entorno tan duro para la vida silvestre en la actualidad, nos conduce a nuestra gran afición, soñar: ¿qué pasaría si se pusieran en marcha planes como el anunciado por el Ayuntamiento de renaturalizar la ciudad y se ampliasen los parques y arboledas de la capital, se creasen huertos urbanos y jardines comunitarios, se cubriesen de verde las fachadas y las azoteas, se ajardinasen las plazas y se construyesen estanques?.

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Una respuesta a “EL MISTERIO DEL MARTINETE DEL JARDÍN BOTÁNICO

  1. El año pasado yo vi un ejemplar de Martinete en la zona de Madrid Río entre el Vicente Calderón y el Puente de Toledo. Por los comentarios que escuché debió ser este mismo ejemplar. ¿Cuánto puede vivir un Martinete? ¿Tiene capacidad de aprender?. Respuestas, según la Guia de Aves de la Editorial Omega de Christopher Perrins, indica que unos 5 años. Que son capaces de aprender la repetición de su presencia en un lugar determinado después de su viaje migratorio anual, lo demuestra.

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