La Salamanquesa común. Una madrileña castiza

Salamanquesa

Aprovechando de nuevo la foto que nos manda Joaquín, vamos a escribir unas líneas sobre la Salamanquesa común.

Es una especie no amenazada presente en la Península Ibérica excepto en su tercio noroccidental donde no aparece o es muy poco abundante. Tiene una gran capacidad para convivir con el ser humano, habitando pueblos, ciudades,  zonas cultivadas y ganaderas en las que aprovecha todo tipo de construcciones verticales para refugiarse y prosperar.

En Madrid, es muy abundante en el centro antiguo de la ciudad, a pesar de la ausencia casi total de zonas verdes. O mejor aún, a favor de esa ausencia y de los ejemplares originarios que colonizaron la ciudad cuando esta era aún de dimensiones abarcables. Estas poblaciones se pueden considerar tan domésticas como los gorriones o las palomas. La diferencia es que no las damos de comer aunque es muy probable que atraigamos a su comida.

Como curiosidad os diré que, a lo largo del año, en mi casa de nueva construcción, situada en pleno Rastro Madrileño, todos los años tengo encuentros con pequeños ejemplares juveniles, en los pasillos comunales. Son ejemplares aparentemente despistados, que patinan cuando corren sobre las baldosas de terrazo y  que escondo cerca de las macetas y otras elementos para evitar el pánico de los vecinos (urbanos) y salvaguardar en alguna medida su supervivencia. Nunca he visto un individuo adulto, por lo que deduzco que serán ejemplares en dispersión procedentes de poblaciones cercanas asentadas en viviendas históricas colindantes.

Por el contrario, en la casa donde he veraneado tantos años, en Venturada (Madrid), convivimos sin problemas con ellas, sabiendo que suelen estar escondidas, casi siempre, tras un marco en la pared. De vez en cuando les da por pasearse por los techos mientras estamos  cenando. Allí hemos observado que la cercanía de las bombillas en horas nocturnas son zonas de caza cotizada. La razón estriba en la gran cantidad de “polillas” y otros insectos que son arrastrados hacia la mismas atraídos por la luz, en las noches veraniegas.

De su morfología lo que más nos llama la atención son sus dedos con una especie de ventosas, su piel rugosa, su color clarito, su aspecto cabezón y rechoncho que resalta su tamaño frente a la gran mayoría de las lagartijas. Un animal discreto, aparentemente limpio, que no da un ruido y se come a algunos de nuestros vecinos más molestos: mosquitos, polillas, arañas, …

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